Usamos inteligencia artificial en distintas partes de nuestro proceso: para prototipar más rápido, explorar variaciones de diseño y acelerar tareas repetitivas de desarrollo. No lo escondemos, es parte de cómo trabajamos hoy.
Pero una herramienta no sabe, por sí sola, si un flujo de pago tiene un paso de más, o si una interfaz va a confundir a un usuario de 60 años o a uno de 20. Eso lo sabemos porque llevamos más de dos décadas diseñando y construyendo experiencias reales, desde cero, mucho antes de que existiera ninguna IA generativa.
Esa experiencia es la que dirige la herramienta, no al revés. Es la diferencia entre un resultado que se ve bien y uno que tu usuario realmente puede usar.